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¿A qué temperatura está el hielo más frío de la Tierra?

Según los datos oficiales, el registro más frío se hizo en una estación meteorológica rusa en la Antártida en 1983: -89 °C

DOLORES DEL CAMPO | Artículo original

En condiciones naturales, el hierro más frío de la Tierra está en la Antártida. Lo que es difícil es decir exactamente en qué punto de la Antártida y a qué temperatura está. En 2013 se anunció que se había localizado el punto más frío de nuestro planeta en una meseta que abarca el Polo Sur en la Antártida Oriental. Y lo habían detectado mediante medidas por satélite. Pero la Organización Meteorológica Mundial no acepta ese registro como oficial y considera como registro oficial más frío el que se hizo en una estación meteorológica rusa en 1983, también en la Antártida. La temperatura que se midió con el satélite fueron -93 °C y la que se detectó en la estación meteorológica rusa fueron -89 °C.

¿Por qué no se consideran oficiales los -93 °C medidos por satélite? La razón es que para que se puedan considerar oficiales las medidas es imprescindible que sean fiables y trazables al Sistema Internacional de Unidades. Si no existe esa referencia común es imposible que esas medidas puedan ser comparables. Y ahí es donde entra el trabajo de los metrólogos que es el mío, yo soy metróloga no meteoróloga. El trabajo de un metrólogo o una metróloga es asegurar que todas las medidas, no solo las de temperatura, sino también las del resto de magnitudes, sean trazables, es decir que puedan ser relacionadas con el Sistema Internacional de Unidades mediante una cadena ininterrumpida de comparaciones. Nosotros nos encargamos de desarrollar métodos y protocolos de medidas para poder evaluar todas las influencias que afectan a la exactitud de las medidas de forma que se pueda asegurar su trazabilidad.

Las medidas tomadas por satélites no son oficiales o no se pueden considerar suficientemente fiables porque para que las medidas sean trazables los instrumentos de medida tienen que estar calibrados. El problema con los satélites es que los instrumentos de medida que llevan los puedes calibrar en tierra, pero una vez montados en satélite, sufren el viaje hasta el espacio exterior y entran en órbita, y ahí están sometidos a vibraciones y cambios que provocan derivas. Todo eso puede causar que estos instrumentos tengan errores que no es posible controlar desde tierra porque es complicado calibrarlos cuando están en el espacio.

Excepto por ese problema de exactitud de la calibración en vuelo, las medidas de los satélites son ideales porque abarcan toda la Tierra. El problema de las medidas en tierra, sean o no en estaciones meteorológicas es que son puntuales. Puedes estar midiendo la temperatura del aire, pero en un punto exacto y concreto y los satélites abarcan más. En el fondo esa sería la forma ideal para medir, desde un satélite. El único problema es la dificultad para validar estas medidas. Pero ese es solo un problema tecnológico que se acabará resolviendo. Además, todas esas medidas son esenciales para desarrollar los modelos climáticos y para estudiar el calentamiento global.

Pero para responder a tu pregunta, se puede decir que el punto más frío de la Tierra donde se pueden encontrar el hielo más frío está en la Antártida, cerca del Polo Sur, en la meseta antártica oriental, pero no se puede decir el punto exacto y a qué temperatura exacta. Al menos de momento.

Pero esto que cuento sobre la Antártida es cuando hablamos del hielo más frío en condiciones naturales. Si hablamos de condiciones artificiales se puede bajar más la temperatura. Lo que no se puede es llegar al 0 absoluto que es el 0 K (kelvin) o -273,15 °C. Para eso se necesitaría una cantidad de energía infinita. Se ha bajado mucho, se ha llegado hasta el 1 x 10-6. Pero también, desde el punto de vista de la metrología es muy difícil asegurar que se ha llegado a esas temperaturas porque por debajo de un milikelvin, es decir, 0.001 K o -273,149 °C, la temperatura no está definida, no hay sistemas definidos para asegurar la trazabilidad y fiabilidad de la que hablábamos antes.


Dolores del Campo es jefa del Área de Termodinámica y Medioambiente del Centro Español de Metrología


Pregunta enviada vía email por Luka Pérez Lazkoz (7 años)


Nosotras respondemos es un consultorio científico semanal, patrocinado por la Fundación Dr. Antoni Esteve y el programa L’Oréal-Unesco ‘For Women in Science’, que contesta a las dudas de los lectores sobre ciencia y tecnología. Son científicas y tecnólogas, socias de AMIT (Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas), las que responden a esas dudas. Envía tus preguntas a nosotrasrespondemos@gmail.com o por Twitter #nosotrasrespondemos.


Coordinación y redacción: Victoria Toro




La ciencia impaciente durante la pandemia de la COVID-19

POL MORALES VIDAL | Artículo original

Han sido meses de una gran incertidumbre. La irrupción de la pandemia por el SARS-CoV-2 ha sido tan inesperada que ha cogido a todo el mundo desprevenido. La necesidad de una actualización urgente y constante ha comportado una avalancha informativa nunca vista hasta ahora, provocando todo tipo de respuestas, a menudo erróneas, contradictorias o directamente falsas. La COVID-19, sin embargo, también ha servido para poner en valor el periodismo científico, hasta ahora una de las ramas más marginales en los medios de comunicación. Donde la política, e incluso la comunidad científica, a veces no se ha puesto de acuerdo, los profesionales de la información han ejercido de árbitros y de filtro en mitad de toda esta vorágine informativa.

Grandes acontecimientos y retos científicos han formado parte de los debates de periodismo científico que organiza la Fundación Dr. Antoni Esteve. Lo fuel el brote de Ébola que en 2014 hizo saltar todas las alarmas internacionales cuando desembarcó en el mundo occidental, lo fue la secuenciación del genoma humano y, por descontado, lo fue el primer aviso en 2003, cuando el SARS nos brindó un primer ensayo a pequeña escala de la pandemia global que sufrimos estos días. Por aquel entonces, el formato de debate giraba alrededor de cuatro personalidades del ámbito científico y cuatro del mundo científico, que analizaban cómo fue el tratamiento informativo de estos hechos históricos un año do dos más tarde de su estallido. La idea era poder discutir sin prisas, con la perspectiva del tiempo.

Con la COVID-19 era necesario darle la vuelta. Era necesario reflexionar en tiempo real sobre un acontecimiento que ha trastocado nuestras vidas desde hace más de nueve meses. Como institución del ámbito de la farmacología, había que enfocar el análisis en los medicamentos y las vacunas, el centro de todas las esperanzas y el blanco también de tantas y tantas fake news. Y como no podía ser de otra forma en este año de confinamientos y distancia social, había que renunciar al cara  cara, recurrir a la tecnología y transformar el debate presencial en una jornada en línea.

El resultado ha sido La ciencia impaciente durante la COVID-19, un debate virtual que moderó la periodista científica Núria Jar el pasado 1 de diciembre y en el que una veintena de personalidades del ámbito científico y periodístico analizó cómo ha sido la comunicación de la investigación durante la pandemia.

El debate se dividió en tres sesiones de ponencias y diálogo entre una personalidad del ámbito científico y otra relacionada con el periodismo científico. El primer bloque del debate se centró en la comunicación de los tratamientos farmacológicos frente a la COVID-19. Magí Farré, Jefe del Servicio de Farmacología Clínica del Hospital Germans Trias i Pujol, hizo un balance de la investigación farmacológica en torno a la COVID-19, mientras que el periodista de Materia en El País Javier Salas explicó cómo ha sido la experiencia de los medios de comunicación frente a la infodemia, la infoxicación y las fake news durante estos meses de pandemia.

A continuación, el debate se centró en las vacunas. Para ello, contó con Isabel Sola, del Centro Nacional de Biotecnología del CSIC, que dio una visión realista sobre el desarrollo de estas vacunas. Por otro lado, la periodista Milagros Pérez Oliva, de El País, expuso algunos de los errores cometidos en la comunicación de posibles vacunas.

La presión por comunicar los resultados en torno a la Covid-19, con la inmediatez que la sociedad exige, ha propiciado que el sistema tradicional de publicación científica se someta sin muchas alternativas a un estado de transformación o “revolución”, como la han denominado en algunas publicaciones. Sobre esos riesgos de una investigación acelerada trató la tercera sesión del debate, que protagonizaron Ana María García, Catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universitat de València, y Pampa García Molina, coordinadora de la agencia SINC, que profundizó en cómo informar desde la incertidumbre.

Una cuarta y última sesión, que moderó el periodista Michele Catanzaro (El Periódico), reunió a un panel de discutidoras y discutidores, entre los que se encontraban las virólogas Margarita del Val, del Centro de Biología Molecular del CSIC, y Ana Fernández Sesma, del Icahn School of Medicine at Mount Sinai, expertos en epidemiología y salud pública como Esteve Fernández, del Institut Català d’Oncologia, o el codirector del Global Health & Emerging Pathogens Institute, Adolfo García Sastre. Les acompañaron también destacadas y destacados periodistas científicos, como Gonzalo Casino (Universitat Pompeu Fabra) y Gema Revuelta (Centro de Estudios de Ciencia, Comunicación y Sociedad).

En total, casi cuatro horas de fructífero debate que ya puede verse en el canal de Youtube de la Fundación Dr. Antoni Esteve y que también formará parte de un nuevo libro en el que los participantes plasmarán todas sus conclusiones. Una nueva experiencia para el equipo de esta institución que ha abierto la puerta a nuevas oportunidades con la tecnología como mecanismo para nuestro principal objetivo: compartir ciencia.




Hace un mes pasé la covid-19 y he dado negativo en anticuerpos, ¿puedo volver a contagiarme o contagiar a otros?

La respuesta breve es sí

NURIA IZQUIERDO-USEROS | Artículo original

La respuesta a su pregunta es que sí, incluso teniendo anticuerpos. Y, evidentemente, si uno se puede volver a infectar, no seguir las medidas de prevención puede causar que infectemos a otras personas. Es verdad que las reinfecciones no son lo más frecuente, pero también es cierto que resulta muy difícil en una situación como la actual hacer un censo real de la cantidad de gente que se está reinfectando.

El primer caso que se publicó fue el de un ciudadano de Corea del Sur. Esto fue en abril. Y este es un caso muy curioso porque este señor viajó a España y en este viaje es cuando se volvió a infectar. Es difícil encontrar estos casos porque desde el punto de vista científico es muy complicado demostrar que las reinfecciones se han producido de forma inequívoca. Eso solo se puede hacer cuando se logra obtener secuencias del virus de la primera infección y de la segunda. Así, lo que tienes es una secuencia genética de los dos virus y puedes verificar que son diferentes, que tienen mutaciones distintas, lo que confirma que ha habido una reinfección. Si no tienes esa prueba, no puedes saber si lo que ha pasado es que ha habido una reinfección, o si por el contrario el virus inicial ha sido controlado por el sistema inmune durante un tiempo, y en un momento determinado se ha producido una reactivación, una perdida de control que permite su reaparición. Esta es una posibilidad y es algo que también se ha reportado en publicaciones científicas. Aunque también estos son casos muy raros.

Estamos hablando de casos muy infrecuentes, pero también hay que tener en cuenta que en la situación de emergencia en la que nos encontramos es muy difícil estudiarlos en detalle, así que todavía no tenemos mucha información contrastada. Para poder verificar estos datos y que los revisores de una revista científica acepten que hables de reinfección tienes que tener una cantidad de información y de pruebas científicas que no siempre es posible conseguir. Por eso, mi opinión es que las reinfecciones son más frecuentes de lo que se está reportando.

Lo que sí se ha confirmado es que la segunda reinfección puede ocurrir solo unos meses después de la primera. Y eso contesta también a tu pregunta: las personas que en la primera infección por el coronavirus tuvieron una inmunidad muy débil, como es el caso de aquellos que no desarrollan anticuerpos o que los pierden muy rápidamente, están más expuestas a reinfectarse.

Las personas que han tenido una enfermedad de covid muy grave y la han superado tienen una gran cantidad anticuerpos neutralizantes que son los necesarios para evitar la infección, y estos anticuerpos se mantienen durante meses. El problema es que hay algunas personas que no desarrollan esos anticuerpos al no tener una enfermedad tan grave y estas son las que tienen mayor probabilidad de reinfectarse. En este sentido, uno podría esperar que la segunda vez sea más leve, ya que el organismo ya combatió la enfermedad con éxito la primera vez, pero también hay casos en los que se ha reportado lo contrario, que durante la segunda infección la gente ha tenido síntomas mucho más graves. Por eso es tan importante que todos sigamos las normas de prevención para evitar una infección, una reinfección y, sobre todo, para cortar la cadena de transmisión, que es la clave para controlar la pandemia en estos momentos.


Nuria Izquierdo-Useros es doctora en biología, jefa del grupo de patógenos emergentes de IrsiCaixa.


Pregunta enviada vía email por Alicia Campos


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¿El universo puede expandirse a mayor velocidad que la de la luz?

Cuando hablamos de la velocidad de la luz como la máxima velocidad que se puede alcanzar en el universo nos estamos refiriendo a la relatividad especial

RUTH LAZKOZ | Artículo original

Hace unas semanas publicamos la respuesta a la pregunta sobre cuánto mide el universo. Y tras esa publicación varios lectores nos han enviado una nueva pregunta que parece implícita en mi explicación: ¿Puede el cosmos expandirse a una velocidad mayor de la de la luz? La respuesta es que sí es posible porque la cuestión es que cuando hablamos de la velocidad de la luz como la máxima velocidad que se puede alcanzar en el universo nos estamos refiriendo a la relatividad especial. Para que lo entendáis tengo que contaros que Albert Einstein formuló, en 1905, su teoría de la relatividad especial, que trata sobre el movimiento de los cuerpos en ausencia de gravedad. Según esta teoría, ninguna partícula, es decir, ningún objeto con masa puede moverse más rápido que la luz. Diez años más tarde, en 1915, Einstein completó su teoría de la relatividad con la relatividad general, que explica la gravedad como una deformación del espacio-tiempo y en ella las cosas son diferentes.

El concepto de espacio-tiempo no aparecía en la relatividad especial. Pero cuando pasas a relatividad general no hay ninguna ley que diga que el espacio-tiempo no puede moverse más rápido que la luz.

En realidad, la medida no es la velocidad a la que se mueve el espacio-tiempo. De hecho, la medida de la expansión está en unidades que son el inverso de tiempo. Se le suele dar un valor promedio que está entre 68 y 72 kilómetros por segundo por megaparsec. El parsec es una medida que utilizamos en astronomía y que equivale a 3,26 años luz (o lo que sería lo mismo: casi 40.000 billones de metros). Y un megaparsec son un millón de parsec (3,26 millones de años luz). Eso quiere decir que si miras a una estrella que está a un megaparsec se va a alejar a esa velocidad de nosotros. Si miras a una que está a dos megaparsecs su velocidad de alejamiento será el doble y así va aumentando la velocidad de recesión. Pero esas galaxias en el propio espacio-tiempo no se están moviendo, prácticamente se mueven con velocidades locales que son el 2% de la velocidad de la luz. Lo que ocurre es que se expande todo el espacio-tiempo. Para tratar de aclararlo más puedo poneros una analogía, es como cuando un niño o una niña crecen. La distancia entre su rodilla y su ombligo va aumentando, pero ni su rodilla ni su ombligo de repente se van lejos de todo. El ombligo no se le va a la nuca, sigue estando en la misma posición en la que estaba. ¿Qué se ha expandido? Se ha expandido todo el cuerpo. Lo mismo ocurre con el espacio-tiempo, que sería como el cuerpo en el caso de la criatura.

Si hablamos de la velocidad a la que se expande el cosmos estamos haciendo una extrapolación errónea en dos sentidos. Tenemos una foto del universo ahora y una foto del universo en otro momento, entonces, saco las dos fotos, comparo las dos escalas y si divido longitud entre longitud a diferentes tiempos, lo que me está quedando es una cantidad inversa de tiempo. Otra cosa es que cuando eso lo uso y lo vuelvo a multiplicar por la distancia, me parece que he conseguido una velocidad, pero en realidad nosotros solo medimos inversos de tiempo. Medimos una variación de escala en tiempo. Pero, sobre todo, es que estamos interpretando el espacio-tiempo como si fuera una partícula y eso es un error. Las partículas son materia y el espacio-tiempo es geometría. Y en la relatividad general no tenemos ninguna ley que impida que la geometría se expanda a una velocidad que, cuando la interpretamos como velocidad, sea mayor que la de la luz.

En resumen, os diría que estamos aplicando una restricción de la relatividad especial a algo que parece una velocidad, pero que realmente no lo es. Es simplemente una manera de cuantificar cómo crece el espacio-tiempo y que surge en el contexto más amplio, el de la relatividad general.


Ruth Lazkoz es profesora e investigadora de la Universidad del País Vasco, sus líneas de trabajo son la cosmología teórica y observacional, la energía oscura y la gravedad modificada.


Pregunta enviada vía email por Petar Hristov y Juan José Mangas Lavería


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Coordinación y redacción: Victoria Toro




Comunicación antirretórica

GONZALO CASINO / @gonzalocasino / gcasino@escepticemia.com / www.escepticemia.com

Sobre la comunicación de evidencias científicas y la tentación del relato persuasivo

El arte de la retórica y la persuasión puede ser muy eficaz para convencer y crear adhesiones, pero tiene sus peligros. La guerra de los relatos está muy presente en la arena política, pero opera en muchos otros órdenes de la vida. Incluso la objetiva y benemérita ciencia no es inmune a los cantos de sirena de la comunicación persuasiva, porque es una actividad humana y los científicos también quieren vender su producto. Esto es especialmente evidente con los tratamientos médicos. Hay muchos casos de relatos de avances terapéuticos que circularon como cuentos maravillosos, con ese marchamo de veracidad que solo aporta la ciencia, que resultaron ser engañosos y acabaron mal. Son historias aleccionadoras de cómo no se debería comunicar la ciencia. Recordemos algunas.

La historia de la superaspirina cuenta cómo, a finales del siglo XX, se desarrollaron unos nuevos antiinflamatorios no esteroideos (AINE) con todas las ventajas de los viejos, como la popular aspirina, pero sin sus efectos secundarios, en particular el sangrado de estómago. Los medios de la época se hicieron eco de este prodigio, pero también los defendieron medallistas olímpicos e infinidad de médicos, aunque las pruebas científicas eran endebles. Las superaspirinas se consumieron de forma masiva para la artritis y la artrosis, y a la par fueron apareciendo sus efectos secundarios en forma de ictus y fatales infartos de miocardio. Cuando las evidencias científicas salieron a la luz, habían muerto miles de personas, y el medicamento estrella (Vioxx) fue retirado del mercado. Había sido un gran éxito de comunicación y mercadotecnia, pero el relato completo nos habla de investigaciones sesgadas, pruebas parciales para lograr la autorización, conflictos de intereses y precipitación.

La de la terapia hormonal sustitutiva (THS) es otra instructiva historia del peligroso coctel de pruebas preliminares y comunicación incompleta, expansiva y poco crítica. Durante más de 20 años, muchos médicos le estuvieron contando a las mujeres menopáusicas el cuento de que la THS podía no solo eliminar los molestos sofocos, sino también prevenir los infartos de miocardio y los ictus. Pocos parecían advertir que esta recomendación se basaba en estudios sesgados y tendenciosos. Con el tiempo y la realización de ensayos clínicos de calidad, se comprobó que la THS, lejos de prevenir infartos e ictus, aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y cáncer de mama. Aunque el aumento del riesgo es moderado, muchas mujeres sufrieron y murieron por la administración masiva de un tratamiento recomendado con entusiasmo y que no fue correctamente evaluado en su momento.

Y hay otras muchas historias, como la del trastuzumab (conocido por su nombre comercial, Herceptin). Este fármaco estaba indicado en principio para tratar el cáncer de mama metastásico, pero pronto pasó a usarse para el cáncer de mama en fase inicial, debido a la presión de grupos de pacientes y profesionales, con el aliento de muchos medios de comunicación. El clamor y la falta de sentido crítico generales se tradujo en mensajes demasiado favorables que callaban las limitaciones y perjuicios del tratamiento. Una vez más, el relato persuasivo y sesgado incompleto se impuso a las pruebas científicas y la comunicación equilibrada y completa.

El cerebro humano es muy sensible a los relatos persuasivos, quizá desde que se desarrolló la comunicación en nuestros ancestros al calor de las historias contadas en torno a las hogueras nocturnas. Pero la comunicación persuasiva no casa bien con la ciencia, que debe ser, por el contrario, informativa, equilibrada, reveladora de las incertidumbres, notaria de la calidad de la evidencia e inoculadora del sentido crítico, como se reflexiona en un reciente comentario publicado en Nature. Hace falta novelar para decir las grandes verdades, como dicen los novelistas, pero las verdades de la ciencia son más concretas y probabilísticas, y precisan una comunicación imparcial y antirretórica.


Autor
Gonzalo Casino es periodista científico, doctor en medicina y profesor de periodismo en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Ha sido coordinador de las páginas de salud del diario El País durante una década y director editorial de Ediciones Doyma/Elsevier. Publica el blog Escepticemia desde 1999.

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Columna patrocinada por IntraMed y la Fundación Dr. Antoni Esteve




¿En qué se diferencian el genoma mitocondrial y el genoma nuclear?

El nombre ya hace referencia al lugar en el que se encuentra y esa es la primera diferencia, pero no la única

AINHOA AGORRETA CALVO | Artículo original

El genoma es el conjunto de genes que tiene un organismo. Y como dices en tu pregunta, en un organismo hay dos tipos de genoma, el nuclear y el mitocondrial. El nombre ya hace referencia al lugar en el que se encuentra y esa es la primera diferencia, pero no la única. El ADN nuclear lo encontramos dentro del núcleo de las células eucariotas, que son las que nos conforman a los animales, las plantas o los hongos, entre otros. Nuestros organismos están constituidos por células que son la unidad estructural más básica. Y dentro de estas células hay un núcleo que es dónde está el ADN nuclear. Fuera del núcleo está lo que llamamos citoplasma y en él hay unos elementos a los que llamamos orgánulos. Las mitocondrias, que se encargan de las funciones de respiración de las células, son uno de esos orgánulos y dentro de ellas está el genoma mitocondrial.

El genoma mitocondrial es una molécula de pequeño tamaño que tiene solo entre 16.000 y 17.000 nucleótidos de media en animales vertebrados, aunque hay diferencias importantes de tamaño entre distintos organismos, especialmente en plantas y hongos. Los nucleótidos son las bases que componen el ADN, podríamos decir que son los ladrillos que lo forman. Estas bases son adenina (A), citosina (C), timina (T) y guanina (G). Y la combinación de estas cuatro bases es lo que nos da la secuencia del ADN. En el caso del genoma nuclear es una molécula mucho mayor que, por ejemplo, en el ser humano tiene más de 3.000 millones de nucleótidos o pares de bases. Como ves, es mucho mayor y su tamaño también varía significativamente de unos organismos a otros, desde unos pocos millones de nucleótidos en algunos hongos hasta más de cien mil millones en algunas salamandras, por poner solo un par de ejemplos. La variabilidad de tamaño es enorme y no hay relación directa entre el tamaño del genoma nuclear y la complejidad del organismo.

También hay mucha diferencia en el número de genes que forma cada uno de los genomas. Por ejemplo, en animales, todo el ADN mitocondrial generalmente acaba dando lugar a 37 genes diferentes, muchos de los cuales están implicados en el proceso de respiración celular. Por el contrario, en el ADN nuclear podemos encontrar miles de genes diferentes que se encargan de todas las funciones del organismo, en esencia, de que haya un ser vivo. En el ser humano son entre 20.000 y 25.000 genes. Además, en el genoma nuclear hay muchas regiones que no dan lugar a genes. Son regiones reguladoras y otras de las que todavía desconocemos su función

En cuanto a la estructura, el genoma mitocondrial es una doble cadena de ADN, dos hilos enrollados sobre sí mismos, que hacen una molécula circular, es decir, los extremos están cerrados. En el caso del nuclear, también es una doble cadena, pero lineal, con los extremos abiertos. Cuando la célula no se divide, el ADN nuclear forma la cromatina que es como una maraña de hebras de ADN en el núcleo. En el momento de dividirse la célula es cuando se forman los cromosomas. Los cromosomas son las estructuras organizadas que forma el ADN nuclear de un organismo.

También hay diferencia en el número de copias de ADN nuclear y mitocondrial que encontramos en las células. En general, los organismos tienen dos copias diferentes de ADN nuclear, una que se hereda de la madre y otra que se hereda del padre. Mientras que dentro de cada mitocondria puede haber entre 100 y 1000 copias de ADN que, generalmente, solo se heredan de la madre, aunque existen excepciones. Y es que en biología a menudo podemos decir que la excepción es la norma.

Una de las cosas de las que seguro que has oído hablar es de las mutaciones, que son los errores que aparecen cuando el ADN se duplica en las nuevas células. Existe una batería de proteínas que se encargan de arreglar el ADN cuando aparece uno de estos errores. Ese sistema de reparación consigue que la tasa de mutaciones en el ADN nuclear sea bastante baja. En el mitocondrial, esa maquinaria de reparación de mutaciones es mucho menos eficaz. Eso hace que el ADN mitocondrial tenga una tasa de errores mucho mayor.


Ainhoa Agorreta Calvo es doctora en Biología, investigadora del grupo de Biología Evolutiva y de la Conservación de la Universidad Complutense de Madrid


Pregunta enviada vía email por Diana Rivera


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Coordinación y redacción: Victoria Toro




Una profesora frente a la covid

Nada sustituye al estímulo recíproco que se produce entre docentes y estudiantes

ADELA MUÑOZ | Artículo original

La covid-19 ha truncado las vidas de las personas que han padecido la enfermedad de forma severa, pero ellas no han sido las únicas víctimas: la pandemia está afectando a la sociedad en su conjunto y en ella, una de las actividades que más ha sufrido sus efectos ha sido la enseñanza. Como en las edades tempranas las relaciones entre alumnos y de estos con el profesorado son tanto o más importantes para su desarrollo y maduración que los conocimientos adquiridos, la vuelta de nuestros niños y adolescentes a colegios e institutos se consideró una prioridad tras el verano. En contraste, aunque rectores y rectoras defendieron la necesidad de que el alumnado universitario también recibiera las clases de manera presencial, estas no se consideraron prioritarias. La diferencia con respecto al alumnado de enseñanza primaria y secundaria es, por un lado, que las relaciones personales directas no son tan determinantes para los jóvenes, y por otro, que se daba por sentado que tanto el profesorado como el alumnado universitario disponía de los medios técnicos y de los conocimientos para que la enseñanza ‘online’ no disminuyera la calidad de la docencia.

Esto no era así en mi caso, por lo que a comienzos del curso me informé sobre las formas de enseñanza no presencial, que incluían la enseñanza virtual en sus múltiples variantes, los MOOC (‘Massive on-line courses) o los videotutoriales de profesores estrella. También hice un cursillo acelerado sobre el intrincado mundo de la comunicación virtual con ayuda de mis compañeros que ya pasaron por esa experiencia el curso pasado. Tuve que aprender a manejar programas de grabación y emisión, la interacción con cámara y micrófono, el efecto de las luces, el uso de material multimedia, el control de asistencia y evaluación del alumnado de forma remota, el uso eficiente de la pizarra convencional frente a una cámara (dejarla impoluta cada vez que borraba ha resultado crucial), etcétera.

¿Estas modernas formas de enseñanza podrían desterrar al baúl de los recuerdos a las anticuadas clases presenciales? No parece ser el caso. De hecho, en los últimos años han surgido varias voces que defienden el papel insustituible de la relación directa entre profesorado y el alumnado. Por ejemplo, la de Salman Khan, Premio Princesa de Asturias de la Cooperación 2019 y fundador del método Kahn que siguen más de 100 millones de alumnos en todo en mundo en 46 idiomas. Este ingeniero norteamericano de origen bangladesí, profeta de la educación ‘online’ es, sin embargo, un defensor entusiasta de las clases presenciales porque cree, como Sócrates, que el aprendizaje nace del diálogo profesor-alumno. Por otro lado, numerosos estudios avalados por la UNESCO han puesto de manifiesto que la emoción condiciona en gran medida el aprendizaje, por lo que la interacción profesorado-alumnado es crucial. 

Recuperar el diálogo

¿Y qué hay de mi propia experiencia? Como le ha ocurrido a la mayor parte de mis compañeros profesores de universidad, tras trabajar horas extras para adaptarme al nuevo formato de enseñanza, mi sentimiento al impartir mis primeras clases frente a una pantalla de ordenador fue de extrañeza y desconcierto. Pero poco a poco fui encontrando canales de comunicación para recuperar el diálogo profesora-alumnado, a través de correos electrónicos, chats, actividades on line y, de vez en cuando, la gran alegría de podernos ver en persona. Porque para mí, como para Sócrates, este diálogo es vital para que se de una enseñanza fructífera. 

Tras esta experiencia, he llegado a la conclusión de que las muy denostadas clases magistrales son una de las formas más útiles de transmisión del conocimiento. No obstante, en las actuales circunstancias de movilidades restringidas, la tecnología que posibilita la conexión profesorado-alumnado, es una herramienta imprescindible.

Como dice Joaquim Fuster, neurólogo y profesor emérito de la universidad de California, en el aprendizaje, nada sustituye al estímulo del maestro. A lo que yo añado que en la enseñanza nada sustituye al estímulo que recibe el profesor por parte de los alumnos y alumnas, estímulo que para mí convierte la docencia en una de las profesiones más hermosas.




Participación de estudiantes en el proyecto DEMCAT para poner al día la terminología en catalán de ciencias de la salud

En los últimos años, la cooperación institucional dentro del proyecto DEMCAT ha hecho posible que varias estudiantes hayan podido elabora trabajos académicos sobre terminología de ciencias de la salud.

M. ANTÒNIA JULIÀ | Artículo original

El proyecto DEMCAT es una iniciativa de cooperación institucional que tiene como objetivos principales mantener actualizada la terminología de las ciencias de la salud en lengua catalana y promover su difusión en todos los ámbitos de la atención sanitaria. Implica a diferentes instituciones y organismos de referencia en los campos de la lengua y la salud en Catalunya: la Acadèmia de Ciències Mèdiques i de la Salut de Catalunya i de Balears (ACMSCB) y su Fundación, el Institut d’Estudis Catalans (IEC), Enciclopèdia Catalana SLU, el Centro de Terminología TERMCAT y el Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya. A este grupo impulsor hay que añadirle la participación en diferentes niveles de otras instituciones que aportan recursos materiales y humanos, como la Fundación Dr. Antoni Esteve.

La cara más visible del proyecto es un portal de acceso libre (Terminologia de les ciències de la salut – DEMCAT), en el que se difunden contenidos lingüísticos y terminológicos y se ofrece la consulta de toda la terminología recogida en el nuevo Diccionari enciclopèdic de medicina DEMCAT (en curso de actualización) y en el conjunto de diccionarios de los ámbitos de la salud y la vida elaborados por el TERMCAT.

En el marco del proyecto, la línea de colaboración con las universidades para la acogida de estudiantes se puso en marcha hace cinco años. El modelo de atención y tutoría a estas universitarias ha sido esencialmenteel mismo a lo largo del tiempo. La Fundación Dr. Antoni Esteve ha canalizado las solicitudes de las estudiantes candidatas, las ha valorado y las ha acogido como estudiantes en prácticas a las personas finalmente seleccionadas. El Centro de Terminología TERMCAT, a su vez, ha integrado a las estudiantes en el equipo de trabajo terminológico que hace la revisión de las entradas del diccionario DEMCAT y les ha facilitado una formación específica adecuada para poder efectuar las tareas especializadas que requiere la revisión terminológica.

Los tutores del TERMCAT y de la Fundación, mediante una supervisión personalizada, han hecho el seguimiento y han supervisado el aprendizaje de las alumnas y el progreso de la investigación de sus trabajos académicos, hasta que han sido presentados y defendidos. El nombre de las estudiantes tutorizadas, por orden cronológico es: Meritxell Guardiola, Clàudia Escalas, Joana Pinyol, Clàudia Pallisé, Clara Escala y Carlota Cerrillo.

El trabajo que han llevado a cabo se suma al bagaje de resultados del proyecto DEMCAT: una contribución que ha supuesto, globalmente, la revisión de más de 650 fichas de fármacos; el establecimiento y evolución temporal del modelo de ficha de un fármaco; la definición del árbol de campo (conceptual) del área de farmacología del diccionario; la clasificación de más de 3.500 fichas en subáreas temáticas farmacológicas; la delimitación de los criterios de pertinencia, relevancia y actualidad para los fármacos candidatos a ser incluidos en el diccionario; la presentación de pósters y la publicaicón de artículos, y la participación en sesiones de reflexión y de trabajo con expertos.

Es evidente que este año 2020 la cooperación en esta línea se ha tenido que desarrollar en unas condiciones diferentes y extraordinarias, a causa de la declaración de la pandemia la pasada primavera. El confinamiento supuso la no presencialidad impuesta y la imposibilidad de acceso a determinados lugares, que considerábamos hasta ahora imprescindible para poder llevar a cabo un trabajo de este calibre (bibliotecas, dependencias universitarias, oficinas del TERMCAT y la Fundación Dr. Antoni Esteve,…). Sin embargo, a pesar de las dificultades, superadas gracias a la buena disposición, la capacidad de trabajo y la determinación de todos los implicados, Carlota Cerrillo y Clara Escala culminaron el grado de Biología Humana con su trabajo “Revisión y actualización de las entradas de fármacos indispensables en el nuevo Diccionari enciclopèdic de medicina (DEMCAT)”, en el que se revisaron más de 200 fichas del diccionario, con una nota excelente.

La experiencia recogida nos muestra que las tutorías de estudiantes en el marco del proyecto DEMCAT han generado en cada ocasión un proceso de aprendizaje y un enriquecimiento mutuo, más o menos intenso, más o menos profundo, pero siempre valioso y que ha producido resultados tangibles de investigación. Si tuviésemos que valorar, pues, esta línea de colaboración con estudiantes universitarios, diríamos sin duda que es un buen ejemplo de ganar-ganar.




¿Algún día las máquinas realizarán acciones autónomas?

Tenemos métodos para que un artefacto tome decisiones, pero hay obstáculos éticos y legales

ANGÉLICA DE ANTONIO | Artículo original

En realidad ya existen máquinas que realizan actividades autónomas desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, el control automático de la temperatura de nuestra casa. Esa es una máquina que funciona de manera autónoma, de acuerdo con una programación, sin que tengamos que estar activando y desactivando la calefacción. Ella sola, en función de lo que capturan sus sensores, determina lo que tiene que hacer: si se pone en marcha o se apaga.

En cuanto a otro tipo de máquinas más complejas, como pueden ser los vehículos autónomos, las cosas son distintas. Estamos en el momento de ver si los coches pueden conducirse de manera autónoma o es necesaria la participación de una persona. Cuando la acción que tiene que realizar la máquina es mucho más complicada, dotarla de total autonomía es más delicado. Depende de varios factores, por ejemplo, de la cantidad de información que la máquina necesite recibir de su entorno para poder tomar decisiones. En el caso de la conducción autónoma, ese es uno de los problemas y es que el entorno en el que se tiene que mover el vehículo es muy complejo y cambiante. A esto hay que sumarle otro aspecto clave, las acciones que realice esa máquina pueden tener un riesgo para la vida, así que ahí entramos en un terreno resbaladizo. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a dar autonomía a las máquinas?

Por lo tanto, la respuesta a tu pregunta es que nos encontramos con tres tipos de dificultades. Hay una dificultad técnica que tiene que ver con la interpretación de la información. En los vehículos autónomos, por ejemplo, la interpretación que hoy por hoy es capaz de hacer una máquina de la información del entorno que capturan sus sensores todavía no llega a lo que puede hacer una persona. En una situación determinada, la máquina podría no interpretar correctamente si existe un riesgo inminente; ya que esto implicaría anticipar y predecir lo que va a hacer un peatón, por ejemplo, en función del movimiento que lleva, pero siempre va a haber incertidumbre. La tecnología está todavía intentando avanzar para resolver ese tipo de problemas. Es decir, para llegar a hacer una interpretación de la escena como la que podemos hacer los seres humanos.

En lo que se refiere a la toma de decisiones, una vez que la máquina recibe e interpreta toda esa información del entorno, ya podemos dejar que lo haga sola. Es una cuestión de programación, de codificar en un programa los métodos de toma de decisiones, ya sean algoritmos propiamente dichos donde hay una secuencia definida de pasos, o, últimamente, empleando técnicas de aprendizaje automático, que lo que hacen es ir acumulando información y en función de la experiencia pasada van aprendiendo y pueden ir ajustando sus propios comportamientos. En definitiva, tenemos métodos para que una máquina tome decisiones y actúe de manera autónoma. Pero surge otro problema importante, que es la visibilidad, es decir, poder ver desde fuera qué es lo que la máquina está decidiendo o por qué está tomando las decisiones que toma. El paso a los métodos de aprendizaje automático ha supuesto que en algunos casos perdamos esa visibilidad. No sabemos explicar bien por qué una red de neuronas ha tomado determinada decisión. Este es uno de los retos técnicos de hoy en día, que las máquinas sean capaces de explicar a un humano cuál ha sido el razonamiento que ha llevado a tomar determinada decisión. Y eso es necesario para ajustarla si lo hace de manera incorrecta. Se han identificado problemas con, por ejemplo, los sesgos de género, en programas para selección de personal o búsqueda de empleo. Hay que tener en cuenta que el programa funcionará de acuerdo con las experiencias previas, y si alimentamos a esa máquina con información sesgada va a seguir replicando ese comportamiento de cara al futuro. Ahí el desafío es asegurar que las decisiones que toma la máquina de manera autónoma y sin que sean directamente supervisadas por un humano son justas y no tienen sesgos, y para eso necesitamos poder entenderlas. Si no hay un grado suficiente de visibilidad, la confianza en la máquina se verá afectada.

La tercera dificultad ya no es técnica. Si una máquina autónoma actúa de manera incorrecta y provoca un accidente, ¿quién es el responsable?, ¿quién asume la responsabilidad de esa acción? ¿hasta dónde estamos dispuestos a delegar nuestra responsabilidad? A veces son estos tipos de obstáculos éticos y legales los que impiden que se puedan automatizar ciertas tareas.


Angélica de Antonio es profesora titular e investigadora del Departamento de Lenguajes y Sistemas Informáticos e Ingeniería de Software de la Universidad Politécnica de Madrid.


Pregunta enviada vía email por Jf Alveo


Nosotras respondemos es un consultorio científico semanal, patrocinado por la Fundación Dr. Antoni Esteve y el programa L’Oréal-Unesco ‘For Women in Science’, que contesta a las dudas de los lectores sobre ciencia y tecnología. Son científicas y tecnólogas, socias de AMIT (Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas), las que responden a esas dudas. Envía tus preguntas a nosotrasrespondemos@gmail.com o por Twitter #nosotrasrespondemos.


Coordinación y redacción: Victoria Toro




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